22 oct. 2010

VESTIDO Y RINOCERONTE

Roberto se despertó inquieto. Sentía una molestia intermitente en su cabeza, que se acentuaba al notar cómo también recorría su cuerpo.

Se incorporó en la penumbra. Mareado, pasó la mano por sus largos cabellos y al tocarlos arrancó algún mechón de su pelo seco y ensortijado.

Sobresaltado, Roberto trató de gritar pero tenía la garganta seca y escocida. Mientras, notó horrorizado cómo su nariz caía al suelo y botaba junto a sus piernas. Extrañado y nervioso se palpó la cara, aliviado al recorrer todas sus partes.

Con dificultad consiguió levantarse, apoyando la espalda sobre los fríos barrotes de metal. Roberto superó el remolino que le aturdía y se sobrepuso al olor penetrante alrededor. Encendió el mechero y se vio agazapado al fondo de la jaula, con su vestido de payaso, paralizado ante la silueta del rinoceronte que se erguía delante de él.